viernes, 22 de noviembre de 2013

Impresiones de Barcelona


5/11/2013

     El color me envuelve la espalda y las narices, la piedra me enfría los ánimos y respiro como dentro de una bóveda de árboles quebrados. Hay calles pequeñas que se pierden a lo lejos, en la noche, entre copas e idiomas fantásticos, mientras durante el día la luz lo baña todo y esta quietud sospechosa puede ser también conmovedora. Hay un mundo ajeno desplegándose ante mí, belleza inalcanzable como un espejismo y a la vez los montes, y a la vez la playa, todo tan similar, todo podría ser tan mío pero sé que no, es de la multitud que articula lenguas múltiples como en un rompecabezas. Hay pasajes que comprendo de repente, la ciudad se me revela de a trozos y la voy tomando así, fragmentos sueltos que se adhieren a mis pies. Una cueva de piedra, el lecho marino más allá de la playa, y por delante y por detrás los bosques, bosques de madera y bosques de cemento, y bosques de personas azotadas por un viento tardío que todavía no quiere anunciar el invierno. Me poso en la ciudad como un monumento, como la carne sobre un plato del almuerzo, y escucho los taladros guillotinar el aire como chicharras de un verano ficticio. La luz borda su camino a través de los cristales y entrecierro los ojos un poco, me despego las lagañas de un trabajoso despertar.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Impresiones de Galicia


23/10/2013

     Llegar de noche. Sumergirse en las fauces oscuras de la montaña mientras en el aire suenan los ecos celtas de un pasado que sigue vivo en las grietas y el verde de las piedras. Mirar las luces del coche mientras por las mejillas corren unas cuantas lágrimas que le ganan a la velocidad de la ruta. Descansar en los ojos claros de los jóvenes de antaño, probar las uvas pequeñas y reír como de toda la vida con una familia recién estrenada en abrazos, familia que salta a la vida desde las fotografías tantas veces vistas y estrecha las manos con calor de cuadra en la montaña, y da dos besos cada vez, para compensar tanto tiempo de distancia. Respirar el verde y recoger castañas, caminar sin perderse y acostarse en la tierra con los ojos abiertos, acopiando tanta belleza y tantos recuerdos, tallando emociones insospechadas en un corazón ansioso de guardarlas, satisfecho de saberse por fin completo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Impresiones de París


11/10/2013

     J'ecris tout. Je sens tout. Respiro profundo el aire del río y su corriente me arrastra bajo la lluvia. Soy éste que escribe con una sensación de familiaridad que no esperaba, ajeno a las palabras pero sujeto a una cadencia desprolija y revuelta que me pertenece. Los pies se deslizan como en una danza de tacos y abrigos, bufandas y gorros volcados sobre la gente que pasa como fantasmas, reproducciones de una vida que en alguna vida tuve. Me callo y sonrío, sin saber bien por qué, desde la altura de los edificios mirando al Sena o los empedrados intrincados y laberínticos. Hay rojos y grises y sobre todo un frío que detiene la locura, que amansa el vértigo de toda urbe. Es tan simple como cerrar los ojos en el interior de una iglesia anciana, y ahí, simplemente, latir. Je rêve tous les rêves. C'est ici.

13/10/2013

     El agua es un sol de cristales atravesando mis ojos, mis cejas boscosas apretándose en un mohín que parecería molesto pero que en realidad es la dificultad de conducir tanta belleza. El puente tiembla, y yo me desprendo de golpe al abismo cegador del mediodía. Si todos pudiéramos ser esos niños que pasan cantando y golpeando las maderas. O las piedras al fondo del estanque, o los patos que flotan y se agitan encima de ellas. Un puente puede ser algo tan estable en su precario vaivén de equilibrista. Je ne veux plus que cette après-midi pour être plein, oscilando sobre el puente mientras el agua me clava sus estrellas enloquecidas y murmura la historia de cientos de pájaros.

14/10/2013

     La tarde es verde. Se me escaparían lágrimas de los ojos turbios si realmente fuera un día de tristeza; pero no, las nubes y los patos verdes simplemente mantienen una quietud extraña y magnética, poderosamente cautivante. Tal vez sea él quien hojea una revista en las reposeras verdes, y ella quien sonríe como detrás de un vidrio mientras mira los pájaros blancos desbandarse sobre la sábana de agua verde, con perfume a lluvia próxima. Tal vez se estén buscando y sin embargo no se vean tras la cortina de turistas, de flashes de fotografía y de una babel de lenguas superpuestas. Me gustaría, sin embargo, presenciar ese encuentro. Me gustaría ser ellos cuando finalmente, tras el cemento antiguo y los mármoles fríos, tras el rugir de aviones lejanos, tras la máscara obsequiosa de perfume, se dejen envolver por el verde que lo invade todo, y no sean más que dos verdes amándose en la callada tarde parisina.

15/10/2013

     J'ai pleuré. Y me lavé la cara con mis lágrimas. El silencio era como una manta que flotaba desde los vidrios dulcemente amarillos. J'ai pleuré. Y no se sintió amargo ni desesperante, no fue el vértigo espinoso de una noche demasiado larga. Lloré para mí, lloré sonriendo, con la vista en algo como si lo viera todo, como si todo lo entendiera, como si nada fuera tan grave. Lloré para el futuro, y las lágrimas me bordearon las mejillas como ahora bordeo el gran canal, viendo una pareja remar y oyendo la música que viene de las plantas y las estatuas. Lloré temprano, lloré lo que necesitaba. Y cuando cambié la tibieza dorada de los ventanales por el azul radiante del afuera, bajé las escaleras con la cara limpia y con un aire nuevo corriéndome por dentro.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Impresiones de Londres


4/10/2013

     Torres grises. Los techos se elevan a lo alto y escupen su sombra mientras me miro y sonrío. ¿Dónde estoy? ¿Qué es esta selva silenciosa y pulida que esgrime su amabilidad como una escopeta? Un miedo pequeño y astuto me aprieta las tripas, una neblina matinal se cuela por mis fosas nasales y me alimenta la ansiedad de la espera. Afuera estará la vida esperándome con el calor de un café caliente, con vidrios empañados y con sonrisas tajeando el smog. Son ladrillos. Son tejas. Todo es como de cuento pero tan tangible que asusta esa realidad de maqueta, tan distinta al latido agonizante de mi Buenos Aires. Tan manteca y miel. Tan marrones. Tan semáforos cumpliendo un horario fijado a rajatabla. Y sin embargo hay algo ahí que me seduce, un suspiro y una comodidad soñolienta, una noche de invierno cobijado bajo la frazada a cuadros.

8/10/2013

     Se levanta viento y las plumas se agitan. Es una ciudad pero también es humo y neblina, son patos contra la corriente y una bufanda escapando a la vorágine del trabajo en traje y corbata. Hay colores superpuestos que desprenden perfume, una calma sospechosa que me sumerge tras la cortina de edificios elegantes y soberbios. I try to walk the London path. It's overwhealming. My breath is gone like the swan's whiteness. Me da hambre, y pienso que sería razonable un bocado de este clima espeso y sin embargo amable. La gente se despeina y corre, la ciudad es un entramado de luces y calles y ensueño. No de ensueño, más bien de ese desconcertante momento antes de despertar, cuando las calles parecen ríos y las puertas muros y todo es a la vez antiguo y reluciente, gris y rojo, desenfocado a la vista por las nubes y la urbanidad y las consonantes sonoras y extrañamente redondas. I might really like it here when I wake up.

viernes, 21 de junio de 2013

Fantasmagoría















     Seducción. Espera. El agrietarse tímido de un ojo. Una boca que espía. Si el silencio supiera de estos pechos quebrados, barrería el aire con el galope de una mangosta. ¿Cuál es el precio a pagar por una confesión sin estela? ¿Dónde se esconde el nido de las palabras en el fondo de un aljibe? ¿Por qué no beber si la sed es vasta? La solución yace bajo una flor marchita que sigo regando una y otra vez. El tino, el desprecio, el oculto deseo de concebir un pasado diferente. Me río de mí mismo cuando conservo la compostura. Me descalzo y tiro de los cordones transparentes. La solapada cortesía y el brote indiferente de la conversación en que nacen mis dos fantasmas.
     Él se seca bebiendo, ella estornuda. Él rompe los ojos en los reflejos polvorientos de sus cristales. Ella come mandarinas. Tal vez, sólo tal vez, algún día la determinación les gane y se derrumbe la muralla del amable permanecer, del formal comensal sin llama y sin desierto. Tal vez se descubran un día perdidos en el mismo camino, y sólo tal vez, por soltar las riendas y desatar los herrajes inservibles, decidan acompañarse en un beso único y postrero, apocalíptico y multiplicadoramente fugaz.

domingo, 1 de enero de 2012

Epifanía de dos mil doce hojas












     Me siento bajo el sauce eléctrico. Miro sus ramas delgadas, su cabello despeinado, su laberíntica catarata de verde flotando sobre mi cabeza. Pasa una mosca, huelo los pájaros, suelto prejuicios. Qué escribir cuando todo está escrito, qué escribir en la noche última de esta humanidad agitada, convulsa, bebida, de este gran hormiguero pronto a recibir la embestida de las olas. Por qué escribir, me pregunto, en la formalidad de una carta, si puedo desparramarme en colores. Si puedo latir con la profundidad abismal de las lechuzas y serruchar el aire filoso de la cigarra enloquecida. Qué palabra queda en pie cuando mis venas arden, cuando mis ojos se catapultan desde el revés de los sueños y las plantas de mis pies cosquillean un tango de tierra; qué adjetivo se articula entre mis dedos frente a la redondez inobjetable de la vida. Qué soy ahora si no soy estos labios, esta piel, esta luminosidad violenta que se recuesta en las sábanas del viento.
     Los calendarios trazan planes y urden conspiraciones misteriosas. Los oídos cerrados creen entender un código secreto, los diarios arremolinan titulares y muchas manos temblorosas brindan su última copa de champán con desconsuelo. Todo es un esquema repetido. La excitación, la soledad, los atracones, los recuerdos, son diseños contagiosos, escondidos en la belleza de un fuego artificial, en el estruendo hueco de las palabras, en las fórmulas alquímicas de un mensaje de texto. Y qué fácil me pierdo yo también en ese juego, qué fácil agarro un papel en blanco y pretendo inspirarme como si la vida fuera una piedra que labrar, como si el año empezara hoy y terminara en el congelado brindis de otro diciembre, como si mi verdadera y última realidad fuera un oscuro acertijo en vez de este áspero tronco que siento en mi espalda y estas risas que oigo tras las ventanas y este magnífico respirar del árbol que cuelga su aliento sobre mi cabeza. Qué más necesito saber del presente, qué más necesito ser que esta mano que escribe, qué más puedo temer bajo su sombra.
     Dónde está el final, entretejido en este ovillo verde.
     Presiento que poco importa.
     Y es un buen pálpito.

lunes, 11 de abril de 2011

Menú















     Algas marinas, Gertrudis, algas marinas.
     ¿Nunca viste un corazón servido sobre un plato?
     Es una exquisitez.
     Brillante y carnoso, descomunal, se me desprenden los labios de sólo pensarlo. Chorrea bilis caliente, sangra en el punto justo, se espolvorea de azafrán y justo ahí libera un aroma a carne desamorada. Excelente. Excelente y sensual. Como las ostras.
     Yo lo como de un solo bocado, Gertrudis. Hay quienes prefieren una masticación lenta, mezclarlo perjuramente con la saliva impura y encadenarlo poco a poco en una larga procesión por la glotis. Yo no. Prefiero la emoción de la cacería, el latir en la garganta junto al mío en el pecho, el nudo de venas bañando mi lengua de lágrimas jamás vertidas.
     Y prefiero, obviamente, los productos de la destrucción. Los corazones jóvenes son algo indecentes y desmesurados, pero nada mejor que un corazón maduro, Gertrudis, un corazón en el abismo interior de sus últimos disparos, atravesado de cuajo y sorpresivamente por la indiferencia, el desdén, o la simple y caprichosa falta de amor. Entonces cobran una plenitud, Gertrudis... Si tan sólo pudieras imaginarla. Un compuesto perfecto de licor, sangre, lágrimas, boletos de subterráneo usados, flores envenenadas en una vitrina. Un descontrolado impulso de inspiración trunco, un cosquilleo mortal detenido en el tiempo, un hacha cortando el tallo fluorescente de un agua viva. Y todo tan natural, Gertrudis, tan de bocado al paso, tan canapé, tan amuse-bouche...
     De todas formas presiento que no te faltará oportunidad. Sos una mujer joven todavía y con grandes visos de rapiña latentes; confío plenamente que darás prioridad a tu paladar. En breve sentirás el hambre de los treinta, la voracidad de los cuarenta y la angurria de los cincuenta. Lamento no estar ahí para ver tus labios grasientos, tus dientes mordiendo en transfiguración culinaria gourmet. Tenés en los ojos el brillo filoso de los grandes degustadores, realmente lo digo, sin hipocresía ni obsecuencia futil.
     Pero ahora es mi turno a la mesa, Gertrudis, y la fugacidad de la cocción experta me obliga a concluir mi discurso. Hemos pasado días maravillosos, hemos caminado descalzos por la orilla del océano y reído descostillados como niños ante el espectáculo tosco y brutal del amanecer. Nos hemos saboreado mutuamente, Gertrudis, y la ternura de tus carnes aún jóvenes me ha condicionado a ambicionar más. He perdido el control de mi apetito y la aspereza en la lengua me ha dado la señal certera y radical.
     Es hora de dejarte, Gertrudis, de decirte que ya no te amo, que quizás nunca verdaderamente te amé, y que no verás de mí más que el reflejo gastado en la suela de tu retina. Sólo un recuerdo vago que irá mutando al odio, al rencor, a la dureza amarga de la soledad; pero que ahora, querida Gertrudis, te deja el corazón en un punto de vulnerabilidad y desazón, de desconsuelo y melancolía, de frustración y ahogo, en un punto ideal, podría decirse así, para correr el asiento, estirar ceremoniosamente la servilleta en mi falda, tomar los cubiertos de fiesta y empezar a cortar suavemente el primer bocado. Ambrosía, Gertrudis, creeme. Un manjar.