Creo en el mar y en la rompiente. Hay algo más que no alcanzo a divisar, un empujón, un tímido acercarse al oído y susurrar algo. Se me escama la piel, siento un cosquilleo sonoro y picante mientras mis poros escuchan el correr del lápiz sobre los crucigramas. Hay un águila cruzando el cielo, también. Y un escenario marítimo. Mi talón se hunde, no recuerdo bien por qué, y afuera hay gritos ahogados por el viento del oeste. "¡La pelota!", quizás, o "Soltame el pelo" o "Tuve un sueño donde recorríamos tres mil kilómetros y estábamos exhaustos, y aún así quería seguir. De pronto eran las doce de la noche".
Hay cactus, hay sonrisas límpidas y cuerpos brillosos. Hay sudor, hay preludio al sexo, hay corazones hinchados y venas entre las vetas de la conchilla. Y una flor. Cortada. Expuesta.
Me gustaría caminar, quizás, y encontrar un brazo firme que me ate a la playa. Es avasallante sentir la libertad. Un perro me mira y le dirijo mis pensamientos ácidos. Un niño me mira y le dirijo mis sueños agrietados. El mar me mira y yo... Qué dificil responder. Encontrar un atajo a lo profundo, al abismo de algas y oscuridad, al precipicio verde. Es tan antiguo el mar, tan poco inocente. Porque sabrá que mis penas son tan rapaces, tan efervescentes, porque me verá como la mosca que espanto de las tostadas en el desayuno, porque mi latido desordenado será para él la caricia estúpida de un puñado de arena, por eso, por eso me estampa su frialdad maciza. Qué bueno, me digo. Qué reconfortante. Qué intrépido. Qué serena y contundente forma de bajarme a tierra y clavarme al cielo celeste. Sólo vivir, y reírme, y masticar el aire como fruta fresca. Ser una sombrilla, ser los pies de esa nena con lentes oscuros que baila en el borde de las olas.