lunes, 11 de abril de 2011
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Algas marinas, Gertrudis, algas marinas.
¿Nunca viste un corazón servido sobre un plato?
Es una exquisitez.
Brillante y carnoso, descomunal, se me desprenden los labios de sólo pensarlo. Chorrea bilis caliente, sangra en el punto justo, se espolvorea de azafrán y justo ahí libera un aroma a carne desamorada. Excelente. Excelente y sensual. Como las ostras.
Yo lo como de un solo bocado, Gertrudis. Hay quienes prefieren una masticación lenta, mezclarlo perjuramente con la saliva impura y encadenarlo poco a poco en una larga procesión por la glotis. Yo no. Prefiero la emoción de la cacería, el latir en la garganta junto al mío en el pecho, el nudo de venas bañando mi lengua de lágrimas jamás vertidas.
Y prefiero, obviamente, los productos de la destrucción. Los corazones jóvenes son algo indecentes y desmesurados, pero nada mejor que un corazón maduro, Gertrudis, un corazón en el abismo interior de sus últimos disparos, atravesado de cuajo y sorpresivamente por la indiferencia, el desdén, o la simple y caprichosa falta de amor. Entonces cobran una plenitud, Gertrudis... Si tan sólo pudieras imaginarla. Un compuesto perfecto de licor, sangre, lágrimas, boletos de subterráneo usados, flores envenenadas en una vitrina. Un descontrolado impulso de inspiración trunco, un cosquilleo mortal detenido en el tiempo, un hacha cortando el tallo fluorescente de un agua viva. Y todo tan natural, Gertrudis, tan de bocado al paso, tan canapé, tan amuse-bouche...
De todas formas presiento que no te faltará oportunidad. Sos una mujer joven todavía y con grandes visos de rapiña latentes; confío plenamente que darás prioridad a tu paladar. En breve sentirás el hambre de los treinta, la voracidad de los cuarenta y la angurria de los cincuenta. Lamento no estar ahí para ver tus labios grasientos, tus dientes mordiendo en transfiguración culinaria gourmet. Tenés en los ojos el brillo filoso de los grandes degustadores, realmente lo digo, sin hipocresía ni obsecuencia futil.
Pero ahora es mi turno a la mesa, Gertrudis, y la fugacidad de la cocción experta me obliga a concluir mi discurso. Hemos pasado días maravillosos, hemos caminado descalzos por la orilla del océano y reído descostillados como niños ante el espectáculo tosco y brutal del amanecer. Nos hemos saboreado mutuamente, Gertrudis, y la ternura de tus carnes aún jóvenes me ha condicionado a ambicionar más. He perdido el control de mi apetito y la aspereza en la lengua me ha dado la señal certera y radical.
Es hora de dejarte, Gertrudis, de decirte que ya no te amo, que quizás nunca verdaderamente te amé, y que no verás de mí más que el reflejo gastado en la suela de tu retina. Sólo un recuerdo vago que irá mutando al odio, al rencor, a la dureza amarga de la soledad; pero que ahora, querida Gertrudis, te deja el corazón en un punto de vulnerabilidad y desazón, de desconsuelo y melancolía, de frustración y ahogo, en un punto ideal, podría decirse así, para correr el asiento, estirar ceremoniosamente la servilleta en mi falda, tomar los cubiertos de fiesta y empezar a cortar suavemente el primer bocado. Ambrosía, Gertrudis, creeme. Un manjar.
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