domingo, 1 de enero de 2012
Epifanía de dos mil doce hojas
Me siento bajo el sauce eléctrico. Miro sus ramas delgadas, su cabello despeinado, su laberíntica catarata de verde flotando sobre mi cabeza. Pasa una mosca, huelo los pájaros, suelto prejuicios. Qué escribir cuando todo está escrito, qué escribir en la noche última de esta humanidad agitada, convulsa, bebida, de este gran hormiguero pronto a recibir la embestida de las olas. Por qué escribir, me pregunto, en la formalidad de una carta, si puedo desparramarme en colores. Si puedo latir con la profundidad abismal de las lechuzas y serruchar el aire filoso de la cigarra enloquecida. Qué palabra queda en pie cuando mis venas arden, cuando mis ojos se catapultan desde el revés de los sueños y las plantas de mis pies cosquillean un tango de tierra; qué adjetivo se articula entre mis dedos frente a la redondez inobjetable de la vida. Qué soy ahora si no soy estos labios, esta piel, esta luminosidad violenta que se recuesta en las sábanas del viento.
Los calendarios trazan planes y urden conspiraciones misteriosas. Los oídos cerrados creen entender un código secreto, los diarios arremolinan titulares y muchas manos temblorosas brindan su última copa de champán con desconsuelo. Todo es un esquema repetido. La excitación, la soledad, los atracones, los recuerdos, son diseños contagiosos, escondidos en la belleza de un fuego artificial, en el estruendo hueco de las palabras, en las fórmulas alquímicas de un mensaje de texto. Y qué fácil me pierdo yo también en ese juego, qué fácil agarro un papel en blanco y pretendo inspirarme como si la vida fuera una piedra que labrar, como si el año empezara hoy y terminara en el congelado brindis de otro diciembre, como si mi verdadera y última realidad fuera un oscuro acertijo en vez de este áspero tronco que siento en mi espalda y estas risas que oigo tras las ventanas y este magnífico respirar del árbol que cuelga su aliento sobre mi cabeza. Qué más necesito saber del presente, qué más necesito ser que esta mano que escribe, qué más puedo temer bajo su sombra.
Dónde está el final, entretejido en este ovillo verde.
Presiento que poco importa.
Y es un buen pálpito.
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Muy bueno Andrew! muy bueno!
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