Se clavó tu espina
en el centro de mi espejo.
Rebalsó tu látigo
su caricia cortante
sobre los mármoles de mi escalera.
Rechinó tu pájaro
su beso de musgo
entre los pliegues de naranja de mi pelo.
Descartó tu baraja
mis naipes,
que corrieron la suerte de la espuma.
Me bañó tu letra,
te cortó mi filo,
me abrazó tu almohada,
nos comió la risa;
y después se retiró la marea y nos lavó las ganas de mirarnos a los ojos.
Me morí de amor.
Me morí de miedo.
Me morí en un rapto suave de locura.
Me morí tres veces.
Me morí de cierto y de profundo.
Me morí mirando el mar.
Y en mi pequeñez de almeja busco la luna,
la luna del deseo,
la que sólo ven los muertos.
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